Diversity

50 Sombras absurdas

 Ayer convencí a mi pareja para ir al cine a ver 50 sombras más oscuras. Reconozco que después de leerme todos los libros, en la primera película compré las entradas anticipadas, pero esta vez me he esperado a poder ir con mi pareja y no con mis amigas como hice con 50 sombras de grey. Para variar, tuve que aguantar su cara de póquer hasta llegar al cine porque no era una película de su agrado, pero luego su expresión cambió a medida que ésta iba transcurriendo. Parecía que le gustaba. No quise preguntar el por qué de ese cambio de actitud, pero al llegar a casa pude hacerme una idea…

  Nada más llegar, volteó por el comedor unas 3 veces como si buscara alguna cosa. Yo estaba tan cansada del día que ni me ofrecí a echarle una mano como solía hacer normalmente. Me senté en el sofá y me quité los zapatos sintiendo como mis pies empezaban a levitar. Quise tumbarme unos minutos antes de irme a la cama pero él me pidió que me levantara. Con la misma cara de póquer que él me había puesto unas horas antes, cedí.

  Nada más levantarme, me tiró del brazo y empezó a besarme como un loco. Como sus besos siempre me han encantado y nunca le he rechazado ninguno, al notar su fogosidad tan repentina y a pesar de mi cansancio, me dejé llevar.

  Me condujo a la cama y me tiró con fuerza (en ese momento pensé: ¿qué bicho le había picado ahora?, tirarme así no era algo habitual). Se abalanzó sobre mi y por desgracia para mi camisa favorita de color azul con topitos blancos, me la arrancó de una sola vez. Sólo recuerdo el sonido de mis queridos botones retumbando al caer por el suelo. (Imaginaros mi cara en ese momento, no lloré porque le hubiese cortado el rollo, pero esa camisa costaba 80 euros y la cuidaba como si fuera mi hija).

  Cuando le dije: “¿Que haces?” Intentó darme una pequeña bofetada, (el pobrecito solo quería aparentar…) y me dijo: “¡Cállate! Aquí mando yo y voy a darte lo tuyo”. En ese instante caí en la cuenta de su actitud y empecé a reírme a carcajadas. Grey le había poseído.

 

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Estaba tan metido en el papel y a la vez tan gracioso, que le dejé seguir para ver hasta dónde era capaz de llegar. Dentro de unos límites, por supuesto…

Pero lo más gracioso no fue eso. Fue cuando quiso atarme las manos a las patas de la cama, con los cordones de sus bambas (eso era que lo que estaba buscando al llegar) e intentar girarme para bajarme el pantalón, y darme una cachetada. Como en la habitación de Ana en la primera peli, que por cierto, la vimos la noche anterior en casa para que pudiera seguirle el hilo a ésta.

Te has portado mal, me dijo…

¿Será gilipollas? Pensé. Pero le dejé seguir.

 

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El mejor momento fue cuando quiso levantarme las piernas. Al no ser un Grey por costumbre, no lo tenía muy por la mano. Acabé con una pierna en Mallorca y la otra en Bilbao.

  La situación ya no se podía sostener por ningún sitio. Mi cabeza rebotó contra la pared unas 30 veces seguidas y creí que se iba a quedar como cuadro adornando mi dormitorio.

Le dije que parara, y le pregunté el por qué de ese desenfreno absurdo.

Su respuesta: “¡Creí que es lo que te gustaría! Como te gusta la peli de Grey…”

 Vamos a ver hijo de mi vida, que vayamos a ver una película de sado no significa que me guste que me azoten, me castiguen o me den cachetadas como si no hubiese un mañana. Están bien algunos jueguecitos, pero no nos pasemos. Que parezco la señora patata en la peli de Toy Story ¡Coño!

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Águeda

 

 

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