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Cuando me viene la regla necesito un exorcismo

Sí, lo admito. Yo soy de esas que una vez al mes necesita un exorcismo urgente cuando viene “ el pintor a verme”. El muy cabrón no se salta ni una visita, incluso unos días antes me va avisando de su llegada, empiezo a sentirme rara, se me nubla la vista y tengo dolores de cabeza constantes.

Me mareo de tal forma que es como si estuviese durante horas montada en un tiovivo y mis tetas se hinchan como globos aerostáticos.

Mi barriga aumenta hasta tal punto que, de usar una talla 40 paso a usar la misma talla 40 pero con imperdibles de mi hija mayor porque no hay tu tía de abrocharme los tejanos. ¿ Y qué decir de mi mal humor? Que se agudiza considerablemente por momentos hasta que voy al lavabo y ahí está él, puntual como siempre, jodiéndome una cita que prometía ser de lo más cerda después de una buena cena o simplemente dejándome aplastada en el sofá como un lirón. Porque por si no lo sabéis, que estoy segura de que sí, siempre viene en el momento más inoportuno. Y aunque hayas hecho cuentas para poder quedar con tus amigas e ir a la playa, él siempre vendrá a estropearlo todo pese a que no sea su día.

Y ante esto quizás diréis ‘ojalá pudiera estar yo también un día tirada en el sofá sin hacer nada’. Sí, tenéis toda la razón. Es una gozada pasarse un día entero tumbada en un sofá o en la cama sin hacer nada, pero no cuando tienes un día de esos, un día de mierda, que lo único que te permite hacer es estar en plan feto retorciéndote de dolor hasta sentir la muerte cerca, sin siquiera poder levantar el brazo unos centímetros para encender el televisor y poner una buena peli romanticona como las que me gustan a mí, por la sencilla razón de que a mi “pintor” le ha dado por hacerme un buen estucado en las paredes de mis ovarios y con doble capa y el hecho de levantar el brazo me provoca un retortijón de la hostia.

 Algo curioso en “mis días” es que me molesta todo, cualquier cosa, ya que estoy irritable, pero lo que más me molesta es una voz masculina. Llamadme rara, pero es verdad.

Mi cuello puede llegar a dar dos vueltas como el cuello de Regan en el exorcista si escucho a un hombre hablar durante más de 2 minutos seguidos cerca de mi oreja.

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Las inmensas ganas de aplastarle la cara con una buena bofetada y con la mano bien abierta son situaciones que difícilmente controlo, pero que por suerte para ellos es algo que he conseguido hacer siempre (de momento).

Muchas veces me pregunto por qué esa manía a los hombres cuando me baja la regla si en los 24 días restantes ( y digo 24 porque a mí no me dura 2 días, NO. A mi si me viene, me viene y con ganas…) no puedo vivir sin ellos, (ya os explicaré el por qué en otro post) pero a día de hoy sigo sin saber la respuesta.

He de añadir que en esos momentos, la niña del exorcista a mi lado no es más que una princesita de cuento. No obstante en mis días normales soy una bellísima persona con la cuál puedes hablar y mantener una conversación de lo más fluida. Sin alteraciones…

Pero lo mejor de todo viene cuando al sexto día ves que tus hormonas se han estabilizado y empiezas a sonreír, que de pronto te levantas contenta considerándote una persona más simpática y que tus tetas vuelven a encajar en el sujetador al igual que los botones de tu pantalón, y que vas al baño y te quitas el tampón blanco.

Y de pronto llegó la felicidad. Eso significaría que por fin se ha acabado. ¿Verdad?

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Pues no. Para mí no es así, porque mi querido pintor, en el séptimo día siempre asoma su brocha un par de veces más para recordarme que en unos días (días que parecen horas…) estará otra vez tocándome los ovarios y amargándome la existencia durante una semana más como lleva haciendo los últimos 20 años.

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