Voces del alma

Amiga a la fuga

Estoy convencida de que todos tenemos una opinión al respecto. Que todos conocemos a alguien o a muchos. Que todos tenemos un amigo o amiga que desparece como si se la hubiera tragado la tierra. Alguien que pasa de estar disponible los 365 días del año, a estar apagado o fuera de cobertura. Y no me preguntes por qué, tu ya sabes la respuesta.

De repente, casi de un día para otro en los planes con los amigos queda una silla vacía. Infinidad de silencios en las conversaciones de grupo. Para leer su último mensaje tienes​ que retroceder muchas semanas y para encontrar la última llamada… Todo ha cambiado. Ahora los cafés para dos, son solo para uno y las reservas en ese restaurante que tanto os gustaba se han anulado hasta nuevo aviso.

Hace tiempo que se enterraron las confesiones y no sabes nada​ de ella. Desconoces que tal le va su vida y ella tampoco sabe nada de la tuya. Y lo que es peor: te has acostumbrado y has asumido que esto seguirá así. Y si por casualidad un día te encuentras en ese bar que frecuentabais, no sabes ni que decir. Desde que tiene pareja, su vida gira entorno a él y las amistades han pasado a mejor vida.

Seguramente nunca hubieras imaginado encontrarte en este punto, y mucho menos después de esa relación tan estrecha que teníais. Te resulta increíble encontrarte incómoda, no saber de qué hablar, que preguntar o qué hacer. Pero lo cierto es que es así, y qué la distancia que hay entre vosotras cada vez es más grande. Incluso los últimos mensajes están diseñados a base de monosílabos o parecen frases prediseñadas de Whatsapp.

 

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Es triste, sí, pero somos lo que queremos ser. La gente va y viene, y quién se queda es porque quiere. Cada uno traza su camino, a su gusto y a su manera. Se basa en sus necesidades y tiene en cuenta aquello que le hace feliz. Por lo que si vuestros encuentros son los mismos que los que tienes con un billete de 500€, o sabes de ella lo mismo que de física cuántica… apaga y vámonos.

No te creas que eres la única envuelta en esta situación, ni mucho menos. Tampoco te sientas mal, hazme caso. Es mucho más sencillo aceptar que ahora tiene quien le lleve las bolsas de Zara. Total, seguro que está inmersa en esa ceguera transitoria y no entienda porque en ocasiones digas: “Que paren el mundo que yo me bajo”

Este post está escrito por Pensamientos en su tinta 

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