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Señora de las 4 décadas

(RELATO)

 

Mi nombre es Moni, tengo cuarenta años (y algunos más). Creo que los llevo emocionalmente bien y físicamente no estoy nada mal. Mantengo mi cuerpo tonificado, lo que no significa que no tenga mi piel flácida, mis rollitos, mis arrugas… Vuelvo a decir, tengo cuarenta (y algunos) años.

Parece que todo cambia a esta edad… o tal vez nada cambia, solo la forma de pensar y por eso una quiere que todo se modifique.

La verdad es que nunca me tomé seriamente eso de la crisis de la edad, aunque parece que me atacó de todas formas, aún sin creer en ella. Puedo reconocer que, ahora, me siento más libre de decidir, de hacer, de pensar, de fantasear y podría hasta reconocer que estoy siendo un poco más egoísta en mi toma de decisiones.

Aclaremos que solo estoy contando hechos, no pretendiendo la aprobación de nadie. A esto me refiero con eso de sentirme más egoísta. Sé muy bien lo que quiero y, si bien me importan las consecuencias de mis actos, ahora las peso y veo para qué lado se inclina la balanza, solo entonces actúo. Y, así como sé que es lo que quiero, también tengo una leve idea de lo que no quiero y decidí que, lo que no quiero, es sentirme abrumada entre la rutina y el hastío. Y en eso, justamente, es en lo que mi matrimonio se convirtió.

Mi marido, un hombre buen mozo que me quiere y quiero, goza mucho de su tiempo ocupándose de sus empresas y de su amante. Le encanta ocuparse en ambas cosas y las disfruta de verdad. El resto del día, esa parte que le queda libre, es para mí o para la familia y no es una crítica, es una realidad. También están mis hijos, hermosos y adorados… Adolescentes intensos e ingenuos que creen que ya exprimieron de mí lo suficiente y no me necesitan más, como si todo lo supieran en su corta vida sin siquiera haber empezado a vivir.

Ya conté quién soy y, aunque puedo decir muchísimo más sobre mí que estas pocas palabras, son las suficientes para darle contexto a lo que voy a contar y sirven también para aclarar los motivos que me llevaron a pensar en lo que voy a hacer.

Hace un par de noches tuve un sueño, uno muy erótico y excitante, en el que yo estaba en la cama con un hombre más joven, gozando como una maniática y delirando de placer. A la mañana siguiente amanecí con el humor renovado habiéndome inventado semejante fantasía y habiendo disfrutado de ese imaginario orgasmo. Me sentí diferente; con una sensación de felicidad inusual, nueva, y hasta me reía sin motivo aparente cuando estaba en soledad. Me duró varios días ese cosquilleo en el vientre y hasta hice el amor con mi marido de una manera más… más… desinhibida y atrevida, sí, eso. Tal vez, más carnal.

Entonces, esta mañana después de mi ducha diaria, me dije que quiero tener esa deliciosa sensación otra vez. Me la voy a procurar yo misma porque no puedo depender de los sueños, eso está claro. Me pregunté, ¿por qué no? ¿Qué y quién me lo impide? y mi respuesta llegó mientras estaba desnuda frente al espejo.

«Nada ni nadie te lo impide, nena. Ya tienes más de cuarenta, adelante».

Sé, por comentarios, de un lugar al que la gente (hombres y mujeres) va sola para encontrar a alguien interesante, para dejarlo más claro, seducir o dejarse seducir por un desconocido y solo por esa noche, nada más. Nada de presentaciones, algo sin compromisos ni apellidos ni teléfonos o próximas citas.

Pienso ir. Sola, obvio. Mis amigas jamás me acompañarían a un lugar así y muchísimo menos mis hermanas. Así es mejor, sin testigos… sin consejos.

Me pongo una falda corta, para dejar a la vista mis piernas que parecen ser mi fuerte con los hombres, y la combino con una blusa con un escote importante ya que mis pechos son de los comprados y están perfectos, dignos de ver. Completo el atuendo con zapatos sexis y un muy provocador conjunto de ropa interior. Me pongo poco maquillaje en los lugares necesarios, crema para suavizar mi piel y un rico perfume. ¡Listo!

Mi marido piensa que salgo a cenar con amigas, sin embargo, voy a vivir una fantasía prohibida, a pesar de que mi mente grita con todas sus fuerzas un fuerte «no lo hagas», que yo elijo ignorar a conciencia y eso me tiene mucho más que excitada y ansiosa.

Llego al pub recomendado antes de lo pensado, aunque no sé si es un pub o un bar o… No importa como se llame. Enseguida me distraigo y mis pensamientos quedan en el olvido. Veo demasiada gente, lo que me hace sentir cómoda. Nadie me mira con intriga de saber a qué o por qué vine, porque imagino que todos estamos con las mismas intenciones, al menos eso supongo yo. Mientras sigo mi lento e insinuante camino, adentrándome cada vez más al salón, sigo suponiendo que soy una más de todas las mujeres presentes deseosas de una noche lujuriosa.

El lugar está bastante oscuro. La poca iluminación y la música le dan un toque sensual que despierta algún que otro sentido, seguro que en eso pensaron los que ambientaron este antro.

Noto a más de un hombre recorrerme con la mirada mientras balanceo mi cadera con sensualidad y me gusta. Me hacen sentir segura, admirada, y reafirmo mi decisión de estar en este lugar porque, debo reconocer, que pensé en la posibilidad de no interesarle a nadie, sí, son esas cosas que una piensa y descarta en el mismo instante. No creo ser la única a la que se le cruzan por la cabeza este tipo de ideas cargadas de inseguridad.

Me siento en una de las butacas libres frente a la barra para pedir una copa de vino y el muchacho que la sirve me sonríe al dármela. Aunque me agrada la actitud sé que lo hace por la propina, que no le niego.

―Jorge, me das una cerveza, por favor.

Una hermosa voz masculina me hace girar la cabeza para ver al dueño y no me lamento de hacerlo. Tendrá unos treinta y pico… Es muy bonito de cara y con un corte de cabello bastante moderno. Viste ropa de buena calidad, pero nada pretencioso: jeans, camisa y botas. Un perfecto y musculoso cuerpo se adivina debajo de cada prenda y veo una sonrisa seductora, posiblemente ensayada frente al espejo unas doscientas veces al día, pero qué más da, el resultado es maravilloso.

―Y otra copa para la dama. Si la acepta, claro está ―dice. Sonríe sin dejar de mirarme y me guiña el ojo. Me encanta su arrogancia. Se sabe lindo y no lo disimula.

―Con mucho gusto, gracias –respondo, simulando no darle demasiada importancia. Se acerca más a mi cara y sin quitar su mirada de mis ojos, me arrima su mano presentándose como Lucas.

―Moni –digo a secas, y le doy la mano. Su tacto es suave y su apriete firme, bien masculino.

Tomamos nuestras bebidas y charlamos de todo y nada, cosas absolutamente irrelevantes.

Mientras más lo miro, más lindo me parece. Si para mi propósito de una noche de placer puedo elegir, elegiré lo mejor posible y, definitivamente, él es lo mejor: Sexi, seguro, guapo, musculoso, joven, divertido y, lo más importante, mujeriego, eso significaba experiencia y descaro. Justo lo que yo no tengo.

―No te vi nunca por aquí ―dice después de un rato de silencio, de esos que se hacen cuando la conversación pide sinceridad. Estábamos deseando llegar al punto importante, aunque ninguno rompía el hielo.

―Entonces parece que vienes seguido ―le digo con una sonrisa que intentó ser atrevida―. Esta es mi primera vez.

―Interesante. Casada –susurra, acariciando mi anillo de bodas.

―¿Acaso importa? –Sonríe pícaramente y sigue con su caricia, ya sobre mi mano.

Sin dejar de tocarme se termina de un solo trago su segunda cerveza y me saca de ahí.

Caminamos media cuadra, nos metemos en un edificio de departamentos y subimos hasta el sexto piso. Todo eso en un silencio cómplice que me pone demasiado ansiosa. Abre la puerta que tiene la letra “B” y mi corazón se acelera desbocado. También mis dudas comienzan a hacer acto de presencia, aunque ya es tarde para eso, así que las borro con un suspiro y una exploración del ejemplar masculino que me acompaña. Solo como recordatorio de lo que me perdería si escapo acobardada.

Al entrar, lo que veo es un departamento moderno y pequeño, aunque con todo lo necesario para vivir cómodamente. No pregunto si es su casa o la de un amigo o solo algo preparado para este tipo de encuentros. No quiero saber.

―¿Casado? –pregunto para seguir con la conversación que habíamos dejado, porque el silencio me estaba invitando a analizar lo que estoy por hacer y yo no quiero analizar nada.

―De novio, con una mujer muy hermosa e inteligente. –Hace una pausa y me da una sonrisa devastadora para mis piernas―. ¿Acaso importa? ―pregunta, y no puedo adivinar si es por curiosidad o por imitarme y nada más.

A mí no me importa su estado civil, la verdad, al menos para este momento y para lo que yo lo quiero, no. «Si no soy yo será otra», pienso, por lo que tampoco me siento culpable. Mis valores morales quedaron frente al espejo de casa, junto con mi decencia.

Sus ojos viajan por mi cuerpo, de arriba abajo, mientras se para frente a un desayunador alto al final de la cocina. Ahí dejamos mi bolso y su cartera; las llaves y los teléfonos de ambos, apagados, por supuesto. Noto que en uno de los costados hay una cajita transparente con preservativos dentro y otra idéntica, pero con caramelos. Claramente no es su casa.

Sonrío con la mirada de escrutinio que el muchacho me regala, me siento deseada y, porque no decirlo, excitada.

Animada por su silencioso deseo tomo los botones de mi blusa, uno por uno los desprendo de manera lenta, y la abro dejándola deslizarse por mis brazos hasta que cae al suelo. Llevo mis manos al cierre de mi falda y al abrirlo por completo también cae. Con un movimiento lento y sensual de mis piernas salgo del círculo que han formado mis prendas y le sonrío.

Aquí estoy yo, vestida solo con mis hermosos zapatos de tacón y mi provocador conjunto de ropa interior (negro de encaje) y mi flacidez, mi prominente pancita, mi celulitis y todas las huellas de mi edad exhibidas para este hermoso caballero que mira, con deseo, cada detalle.

―Me gustan las mujeres sensuales y conocedoras de su belleza. ―Su voz es muy masculina y su tono al hablar muy incitante. Sabe muy bien qué decir y hacer con esas herramientas.

Me lo creo. Me siento bella y sensual.

Apoya las yemas de los dedos de su mano derecha en mis labios y los recorre lentamente. Sin detenerse baja con caricias por mi cuello, mi hombro y luego por el hueco entre mis pechos. Dibuja círculos por mi vientre y al llegar a mi tanga, sí, uso tanga, engancha el elástico para asomarse y ver lo que tengo para después.

―Me lo imaginaba ―dice, mordiéndose el labio inferior, y supongo que se refiere a la depilación casi total con la que lo recibiré.

Yo no estaba improvisando, había pensado en cada detalle.

― ¿Qué tienes para mí? –pregunto en tono sugerente mientras desprendo el primer botón de su camisa, solo para insinuarle que quiero que se desvista. Lo dejo que siga solo para deleitarme con la imagen que me regala.

Es perfecto, su cara bonita me obliga a quedarme recorriéndola mientras él me mira. Sus labios carnosos y entreabiertos me piden a gritos que los bese y deseo hacerlo, con todas mis fuerzas.

Estoy mostrándome segura y experta, aunque no soy ni lo uno ni lo otro. Pero, según creo, las mujeres maduras (cómo odio esa palabra ¡ni que fuésemos una fruta!) ofrecemos ese morbo en los jóvenes como él y no quiero defraudarlo. Así como le exigiré que no me defraude en lo que yo espero de un joven como él: fuego, lujuria, muchos orgasmos y acción llena de energía.

Una vez que queda vestido solo con su ajustado bóxer hago los movimientos similares a los que hizo él, pero con mis dos manos. Apoyo mis dedos en sus hombros y bajo por sus pectorales, deliberadamente acaricio sus tetillas que reaccionan al instante y sigo bajando marcando cada músculo, agrandando de esa forma su maravilloso ego y no me importa. Llego a la cinturilla de su ropa interior y la recorro acercándome a él mientras mis manos viajan hacia atrás por su cintura y se cuelan dentro de la prenda para atrapar sus perfectos, duros y redondos glúteos.

Siento sus manos en mi cadera y su erección sobre mi vientre. Sus labios se apoderan de mi boca con determinación mientras se refriega contra mí, respirando por la nariz y produciendo un bufido muy excitante.

Definitivamente la acción está comenzando, ya no hay más preliminares.

Con este simple contacto está muriendo el deseo para darle espacio al disfrute. Las ganas no se van a quedar en eso y yo estoy eufórica. Le gusta sentirme, lo sé por los sonidos que salen de su boca mientras me besa de una manera intensa. ¡Hace tanto que nadie lo hacía así!, invadiendo mi boca, quemándome con la lengua, mordiéndome con pasión… Es una sensación maravillosa que desentierra muchos recuerdos y despierta en mi cuerpo demasiadas sensaciones dormidas y olvidadas.

Sus labios contra los míos buscando un contacto total y su lengua en mi boca moviéndose desesperada, provocándome un gemido involuntario, me llevan a pensar que es un experto besador o yo una ignorante en la materia. No me detengo a pensarlo demasiado, solo quiero disfrutarlo y sentirlo.

Llevo mi mano a su sexo y lo recorro desde arriba hacia abajo con mi palma, mientras él lleva su cabeza hacia atrás e inspira con fuerza. Su mano llega a mi vientre en milésimas de segundos y se cuela en mi ropa interior. Dejo salir ese gemido que estoy reteniendo para no mostrarme tan desesperada como realmente me siento. Ya nada me importa, estoy perdida.

Nuestras atrevidas manos juegan sin limitaciones, nuestros labios se aprietan tanto que no existe espacio entre ellos y nuestras lenguas nunca se despegan.

Llego al maravilloso éxtasis con sus dedos que entraron, salieron, recorrieron y acariciaron todo lo que quisieron hasta hacerme estallar. Él no me dejó terminar con mi tarea de darle placer hasta llegar al mismo punto que yo y sigue con una sorprendente erección.

Me toma de la cadera, me desnuda y me sienta sobre el desayunador. Pienso en preguntarle sus intenciones, pero lo dejo hacer. Me gustan las sorpresas. Se quita la única prenda que le queda y se acaricia durante unos segundos para mí, ¡por Dios! Es una vista demasiado excitante para quedarme sin hacer nada, por lo que me tomo los pechos con mis manos y se los ofrezco con descaro.

―¿Vamos por el segundo, señora? –pregunta mientras se acomoda una banqueta frente a mí, y con sus dedos sobre mis pechos sopla mi entrepierna.

Gimo y me apoyo sobre el mármol con las manos a mis costados. Tanta preparación me pone ansiosa y anhelante. Por supuesto que espero que sea muy placentero. Besa mi sexo con sus labios perfectos, suaves y carnosos, es un beso que hace vibrar mis entrañas, otro más y un tercero, no hay un cuarto porque con su lengua me recorre varias veces.

―¡Ah…! Sí… ―Mi voz sale entrecortada por la deliciosa sensación y no soy capaz de pronunciar palabra alguna.

Mi piel quema y mi interior amenaza con descargar toda la energía que está acumulando. Gradualmente mis sonidos se convierten en gritos delirantes. Los dedos de una de sus manos entran en mí llevándome a ese final prometido y los de la otra mano juegan con mi seno apretando y pellizcando, haciendo que una intensa sensación de electricidad recorra mi columna vertebral y que cada músculo de mi cuerpo se tense, para dejar salir todo el ardor acumulado, y se destense luego de hacerme llegar al infierno más caliente.

Exhalo agitada, aún sin poder recomponerme del todo mientras siento su boca y sus dedos húmedos subiendo suavemente por mi piel erizada. Al llegar a mis pechos, él ya jadea, mientras mis gemidos vuelven a invadir el departamento.

―Si no entro en ti en este momento voy a volverme loco. Me gustan tus gemidos ―me dice mordiendo mi pecho derecho con desesperación, y llevando mis piernas con sus manos hasta su cintura.

Toma un preservativo y se lo enfunda en dos segundos. Me abraza y aprovecho ese movimiento para dejarlo invadir mi interior y hacerle sentir cuánto lo necesito también. Sus ojos se cierran con fuerza y su gruñido masculino y perfecto se ahoga en mi boca. Muerdo su labio inferior y tiro de él para provocarlo un poquito más.

–Eres hermosa –dice, agarrando un puñado de preservativos en un puño.

En cinco pasos estamos sobre la cama, él sobre mí. Tira los condones a nuestro alrededor y entonces es mi turno de cerrar los ojos para disfrutar de ese primer movimiento. Un meneo certero, profundo e intencionalmente lento y controlado que me nubla el pensamiento.

―¿Cómo le gusta a la señora? ―me pregunta con esa preciosa sonrisa ensayada y un rápido beso en los labios.

―Me gusta todo lo que un impertinente muchacho como tú tenga para darme ―le contesto.

Su mirada me perfora y me excita más, si acaso puede. Entra en mí otra vez, con fuerza, haciéndome deslizar del lugar que ocupaba en el colchón, otra vez y una más. Es perfecto, ¿qué otra cosa puedo decir?, si cada golpe de cadera me hace gozar como si de un pequeño orgasmo se tratase. Perdida en mi placer acomodo mis piernas para su mejor profundidad y, con mis músculos internos tensos, me muevo a su ritmo. Sus ojos se abren y se muerde el labio inferior.

―No te muevas así, por favor ―me ruega entre jadeos―. No voy a poder aguantar.

―Vamos dos a cero, puedo soportar verte gozar a ti esta vez ―digo y me muevo más rápido.

No me lo permite demasiado. Con sus manos abre mis rodillas, se inclina para morder y saborear mis pechos y se adentra en mí con demasiada energía, más fuerte que antes y más profundo. Su vaivén es mucho más rápido y, si él creía que no podía regalarme otro pedacito de cielo con ese movimiento, se había equivocado porque mi cuerpo comienza a organizar todo lo necesario para hacerme volar otra vez.

No sé qué ni cuántas palabras subidas de tono pronuncia sobre mis labios mientras guía su cadera estrepitosamente contra la mía y aprieta fuertemente mi pecho. Así llega a derramarse dentro de mí a los pocos segundos de darme el inmenso placer del final… Por tercera vez.

Mi cuerpo tenso busca calma mientras el suyo, impedido de controlar sus pequeños espasmos finales, cae sobre mí.

Sus labios suaves besan mi cuello, con una mano acaricia mi mejilla y con la otra, enredada en mi pelo, masajea mi cuero cabelludo. Mis dedos suben y bajan por su inmensa y perfecta espalda.

Es una placentera vuelta a la calma.

Perezosamente gira hacia un costado alejándose de mí para darnos el fresco necesario, nuestras pieles están febriles y sudadas.

Después de varios minutos de silencio su voz sensual interrumpe mis pensamientos, que no son otros que ruegos que se repiten una y otra vez en mi cabeza: «Ojalá puedas lidiar con este recuerdo sin consecuencias adversas».

―Señora mía, ¿me daría su número de teléfono? ―pregunta sin mirarme. Apoyo un codo y giro para observarlo, su voz había sonado intrigante y me robó una sonrisa. Es tan bonito que no puedo dejar de impresionarme―. Tal vez necesite verte una vez más para saber si esto fue real.

Mi dedo comienza a delinear cada rasgo de su cara, a bajar por su pecho y sus abdominales perfectos; es una sensación divina acariciarlo.

―No sé si estoy de acuerdo con eso, chiquito ―digo con intención de marcar nuestras diferencias, y no solo las de la edad.

Me regala su bella sonrisa, pero la natural, la que no se ensaya, esa que llega hasta los ojos. Supongo que me comprende, al menos eso me parece por su silencio.

Veo como su erección vuelve a hacerse presente entre nosotros y agradezco a la vida por su juventud. Me subo a horcajadas de él, tomo un preservativo de los que estaban a nuestro alrededor y se lo coloco lentamente. Siento cada centímetro de él entrando en mí, dada la sensibilidad extrema que aún disfruto en mi interior. Le coloco unas almohadas en su espalda para que pueda mirar lo que hago, sin importar la edad es un hombre, y a los hombres les gusta mirar. Muevo mi cadera en círculos mientras siento como crece dentro de mí. Sus manos acarician mis pechos y los pellizcan haciéndome sentir una deliciosa corriente que me enciende más. Cierro los ojos y comienzo a galopar sobre él.

Sus jadeos y gruñidos lo vencen. Sus manos en mi cadera guían mis movimientos y la velocidad de nuestras envestidas es increíble. Me mira a los ojos sin pestañear mientras yo gimo sin poder dominarme y sonríe. Acerca el dedo pulgar de su mano libre a mis labios, lo mete en mi boca y lo lamo mientras me obsequia un sensual gruñido. Ese mismo dedo se posiciona entre nuestros cuerpos y la otra mano aprieta uno de mis pechos. ¡Es demasiada estimulación! Sus dientes muerden mi otro pecho cuando se lo acerco y exploto. Me dejo envolver por un torbellino de placer desbocado.

La sensación de extremo goce ahoga mis sonidos, mis uñas se clavan en su pecho y escucho un maravilloso rugido cuando se vacía en mí. Mi cuerpo tenso lo recibe con restos de placer recorriéndome todavía en cada poro de piel que roza.

Cuando todo termina, necesito evitar cualquier contacto sobre mi piel ardiente y demasiado sensible. Saco sus manos de mí y me dejo caer sobre la cama.

Queda a mi lado, con una sonrisa tímida en sus labios y su mirada anclada en mis ojos. Yo intento, poco a poco, recuperarme mientras lucho con mis pensamientos. Los muy inoportunos disparan para todos lados, atacando todos los flancos de mi conciencia.

―¿Estás bien?

―Perfectamente. ―Ahora sí le permito pasar sus dedos suavemente por la piel de mi vientre, son una maravillosa distracción.

―Y, ¿entonces? ¿Me vas a dar tu número de teléfono?

¿Cómo decirle que no a esa preciosa mirada? Sin embargo, esa será mi respuesta.

―No.

No puedo negar que estoy tentada de pedirle el suyo, tal vez algún día podría llamarlo… Pero no lo hago. Sé que no podría lidiar con un segundo encuentro. Es mi primera vez y no estoy segura de cómo me sentiré al despertar mañana, siendo consciente de haber engañado a mi marido con un bello jovencito que me ha regalado nada menos que cuatro orgasmos seguidos.

Autora: IVONNE VIVIER

 

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3 comentarios

  1. pienso hoy que si se es feliz ,se puede pensar , pero jamás realizar, quien lo impide nadie uno mismo , si así se hiciera pienso que, falla todo en el matrimonio ,quizás sea anticuado puede , pero la vida me a enseñado que si amas de verdad , te debes a la otra persona se debe respetar hasta en los pensamientos

    1. Estoy de acuerdo, pero a veces las realidades son diferentes y las aceptaciones también. Tal vez Moni estaba muy cansada de vivir de mentira y dijo: es hora de disfrutar mi vida… Quién sabe cuál su historia, no?

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