Voces del alma

Carta a una desconocida

No sé cómo dirigirme a ti, ni si quiera estoy seguro de tener ese derecho, pues verte dos minutos cada día, no creo que sea suficiente para hablar contigo sin presentarme.

Dos minutos, ese es el tiempo que transcurre desde que adivino tu figura avanzar, corriendo por el andén hasta que te sitúas frente a mi vagón del tren. Tu larga melena revolotea rebelde alrededor de tu rostro, obligándote a apartar los mechones que, a causa del movimiento, cubren tus preciosos y grandes ojos azul cielo.

Me levanto nervioso de mi asiento, trato en vano de estirar las arrugas de mi gabardina para que si llegado el momento te fijaras en mí, pueda llamar tu atención.

Algún día me gustaría reunir valor para hablar contigo e invitarte a cenar, a pasear o simplemente a amar.

Agarro con fuerza mi maletín y me acerco a la puerta de entrada con el corazón desbocado porque voy a encontrarme contigo.

Por lo general pasas sin prestar atención. Te cruzas conmigo solo un instante en el que me gustaría detener el tiempo y rozar tu mano, pero no me atrevo. Me limito a pasar a tu lado. El aroma del perfume que tiene el privilegio de tocar tu piel me embriaga, lo retengo en mi memoria y me alejo.

A veces cuando piso el andén, me vuelvo para mirar el tren que huye contigo dentro por si te veo partir, pero no siempre hay suerte. El tren se marcha y sueño con volver a verte al día siguiente.

Firmado: Tu enamorado.

Autora: Marian Rivas 

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