Micro Universos

Se avecinan problemas… (parte 2)

Los días habían pasado más lento de lo esperado para Omar. No había logrado sacarse ese beso de la cabeza, ese roce de lenguas, ese suspiro de aliento tibio… ¡Grrr!, gruñó por lo bajo mientras esperaba que le abrieran la puerta. Se sentía un mal hombre, un infiel, solo por pensar en otra mujer. Y no reparaba en el hecho de que fuera la hermana gemela de su novia. Sería desastroso hacerlo.

Olivia le había pedido que pasara por su casa antes de ir al parque donde se encontraban con su grupo de amigos. No había podido negarse y esperaba no tener que encontrarse con… ella.

―Hola ―dijo Sol, casi en un susurro. Omar pudo notar cómo bajaba la mirada y, confundido en sus sentimientos, sonrió. ¿Acaso estaba loco? Podía adivinar que ella recordaba tan vividamente, como él mismo, lo que habían hecho y estaba emocionado, y asustado también―. Mi hermana se retrasó, dijo que llega en cincuenta minutos y que la esperes.

Omar hubiese preferido irse, pero si la princesa decía que la esperara era preferible hacerlo, enojada era insoportable.

Observó a Sol que se sentaba frente a una mesa llena de papeles y libros y, por un instante, la admiró. Era aplicada, pulcra y muy estudiosa. Ya estaba en la universidad. Olivia se había tomado el año libre para divertirse, había dicho, y para evitar problemas, sus padres se lo habían permitido. Su novia era puro capricho y estallidos. Sol parecía más tranquila y juiciosa. A él le gustaba mucho que lo fuera. ¡¿Qué?! ¡Debía gustarle su novia, no su cuñada!

Se sentó en la silla de al lado de la de Sol, contrariado. Jamás le había pasado algo parecido desde que había empezado a tontear con las chicas. Tenía casi veinte años y suponía que sabía lo que quería, siempre había sido así, sin embargo, estaba comenzando a pensar que se equivocaba. Sus amigos decían que era muy maduro para su edad. Se tragó la sonrisa socarrona que se dedicaba a sí mismo. ¡Maduro, cómo no! Si estaba alucinado con la que era su cuñada, maduro y una mierda.

Sabía que estaban solos, su suegro estaba de viaje de negocios y su suegra trabajando. No era una buena idea recordarlo. Intentó descartarla, pero ¿cómo hacerlo? si las piernas de Sol estaban tan a la vista. El vestido floreado era muy bonito y la hacía lucir femenina y aniñada, si no fuera por el escote revelador, podía pensar que era una niña. Su cabello estaba suelto esta vez, ¿suelto? Se giró para observar ese detalle, no recordaba que lo usara así.

Sol se percató del escrutinio y pudo retener su sonrisa de satisfacción. Se odiaba, no quería sentirse inquieta ni deseosa de esa mirada, pero lo hacía. Nunca la habían besado así y jamás había soñado con un hombre tocándola tan íntimamente como esa noche lo había hecho. Mejor dicho, nunca, en sus sueños, los hombres habían tenido cara, esta vez sí, la de Omar. Se sonrojó al recordarlo y giró la cabeza para encontrarse con el masculino rostro de su cuñado. ¿Habría notado que no se había recogido el pelo? Quiso evitar el coqueteo, pero había sido más fuerte su instinto de querer gustarle.

―¿Quieres un café? ―le preguntó incómoda, al verse cara a cara con él y hundirse, ambos, en un incómodo silencio.

―Yo me lo sirvo, no te distraigas ―respondió Omar. Necesitaba alejarse de la tentación.

No lo hizo por mucho tiempo y, una vez que apoyó la taza sobre la mesa, la vio levantarse esa preciosa maraña de bucles descubriendo su cuello pálido.

«Al carajo todo», dijo y sus labios se pegaron a ese pedacito de piel que palpitaba cerca de la oreja derecha. Escuchó un gemido bajito y su pantalón se sintió apretado de inmediato.

Sol se puso de pie como un resorte, una cosa era desear que pasara y otra permitirlo. Se giró con energía para darle el empujón que necesitaba para liberarse, pero la mirada de Omar la atapó.

Sus puños engancharon los laterales de la camiseta gris de él y ahí se quedaron.

Las únicas manos que se movían eran las de él, lo hacían por su cuerpo, por su cintura, por su cadera y bajando… El vestido era muy liviano, podía sentir el calor que esas palmas emanaban, la estaban quemando. Notó el tacto firme sobre las piernas desnudas y más tarde sobre su trasero.

Omar no había podido resistirse. Los ojos de Sol resplandecían, gritaban que sí. Apoyó su frente en la de ella y le regaló su aliento, además de una sonrisa que le aflojó las rodillas a ella. Al sentir que perdía el equilibrio la tomó por las piernas y la subió a su cintura. Se sentó con ella a horcajadas y la apoyó sobre su sexo.

Ambos cerraron los ojos ante el contacto y un pequeño movimiento de cadera de Sol provocó que la urgencia se precipitara. La abrazó pegándola a su cuerpo y se meneó con ella para sentirla y hacerse sentir. Jadeos y gemidos salieron sin permiso. Una sonrisa cómplice fue lo que ella le regaló y él negó con la cabeza. Estaba enloqueciendo por ese hoyuelo.

Con una mano liberó uno de los pechos redondos y tentadores y lo apretó con deseo. Sus labios lo atraparon mientras ella se extendía sobre la mesa y le daba libertad de acción. La otra mano rodó por la piel desnuda de la pierna izquierda y terminó deslizando la ropa interior para hacerse de la humedad que le pertenecía. La escuchó gemir y retorcerse sobre su cuerpo. Le encantaba. ¡Era tan bonita!

―¿Tu dormitorio? ―preguntó cuando la tuvo ya exhausta y relajada.

Ella lo miró con picardía y le quitó la camiseta para acariciarle el pecho y la espalda. Le gustaban los muchachos delgados y fuertes, con poco vello y la piel bronceada, así, cómo él. Pasó las uñas por los hombros y le besó los labios. Las lenguas se enredaron entre suspiros.

El silencio era tan íntimo como las caricias que se daban. Sol se puso de pie y le tendió la mano para guiarlo hasta su habitación. No estaba pensando, ni él tampoco.

Las hormonas eran crueles y mandaban sobre sus cuerpos a medio vestir.

Omar no la liberó mientras caminaban. Con las manos le apretaba los senos y le mordía y lamía el cuello, lo volvía demente esa suavidad perfumada. Ella lo provocaba apoyando el trasero en su sexo necesitado. Reían en confabulación cuando se encontraron frente a la cama y ella, sin dejar de mirarlo con tal provocación que casi lo hace aullar como un lobo, se tendió sobre el acolchado celeste. Abrió las piernas, las dobló para elevarlas y estiró los brazos para invitarlo a que se acomode entre ellas. Omar se mordió el labio inferior y apoyando las rodillas gateó hasta ella como un felino sigiloso y peligroso.

Eres tan bonita le zurró al oído y, después de ver la maravillosa sonrisa que ella le dio en agradecimiento, se dispuso a besarla con esmero, como le gustaba. Como recordaba.

Una vez que sus bocas encajaron a la perfección inspiró profundo y ella lo abrazó con más fuerza.

Sol, ¿dónde están? ―preguntó Olivia en un grito y haciendo ruido con sus pasos sobre el piso de madera.

Omar se levantó como un resorte y se tomó la cabeza con ambas manos.

Sol se acomodó la ropa y se puso de pie frente al ropero.

La máxima distancia que podía existir entre ellos, era esa.

¿Qué hacen aquí en tu dormitorio? ¿Omar, tu camiseta? ―preguntó Olivia.

 

CONTINUARÁ…

 

Autora: IVONNE VIVIER

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