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Se avecinan problemas (Capítulo 3)

Capítulo 3:

―¿Omar? ―preguntó Olivia ante el silencio.

―La culpa fue mía, le tiré el café sobre la camiseta y estábamos buscando alguna de las mías. Omar, te van a quedar chicas, pero peor es nada ―dijo Sol, entregándole una con la publicidad de un gimnasio.

No podía creer lo buena actriz que resultaba ser la muy pícara. La hubiese abrazado y hasta le hubiese dado un beso en la punta de la nariz.

«¿En la punta de la nariz?». Estaba enloqueciendo, era eso, sí. Le guiñó un ojo y ella le mostró su hoyuelo con una hermosa mueca de resignación.

Omar se sentía miserable, mentiroso y egoísta. Le hubiese gustado decirle algo para que no quedase pensando en que era una mala persona. No lo era, estaba actuando mal, eso sí, pero no era una mala persona.

Sol bajó la vista para no mirar a su hermana a los ojos. Estaba muerta de vergüenza. Había estado a punto de acostarse con su cuñado, pero eso no era lo peor; que todavía deseaba hacerlo, lo era.

Martina miró a uno y a otro y, sin adivinar qué, supo que le estaban ocultando algo. Conociendo a Omar y su dulzura, tal vez era una sorpresa para ella por cumplir… ¿cuántos? Cuatro, sí, cuatro meses. Suspiró resignada, odiaba las sorpresas, esperaba estar equivocada. Omar era un osito de peluche, le gustaban los mimos, las caricias y las palabras bonitas. A ella le divertía la acción y por eso lo estaba provocando, lo tenía a fuego lento, sabía que el día que tocaran la cama, su hombretón estallaría de pasión. Eso creía.

Lo miró mordiéndose el labio y llamándolo con un dedo. Como si de un cachorrito se tratase, él se acercó, se sentía culpable. La abrazó para saludarla, desde ayer no se veían, y le dio un beso en los labios, ella lo abrazó acariciándole la espalda desnuda con sensualidad. Omar no estaba para esos juegos, su sangre estaba a punto de ebullición, recordaba los gemidos de Sol y el refriegue contra su entrepierna, la sensibilidad todavía estaba ahí, y el hambre también. Apenas podía disimular que estaba duro como una roca y la atrevida de su novia se quería poner a jugar.

―Vamos a tu dormitorio ―susurró, y le mordió el lóbulo de la oreja. Olivia se estremeció de pies a cabeza.

¿Qué estaba pasando con su chico? Parecía otro. Ya la tenía atrapada contra la pared mientras le besaba el cuello y se lo mordía. Un cosquilleo molesto le subía por las piernas y no podía frenarlo. Quería, pero no podía.

Omar estaba ardido, excitado como nunca, pero desconsideradamente, estaba besando a una mujer mientras deseaba a otra. Con desesperación lamía el cuello de Olivia, buscando el perfume de Sol. Al no encontrarlo la mordía para escucharla gemir. Y ese sonido también era otro, uno más sonoro y atrevido. Aborrecía hacer comparaciones, sin embargo, en eso estaba.

Bajó la mano para buscar bajo la falda de un vestido floreado y se encontró con un áspero jean. Apretó con furia las piernas cubiertas para subirlas a su cintura y así poder llevarla a la cama. De paso cerró la puerta.

Olivia estaba en una nube. Omar había tomado la decisión de que ese era el momento de tener sexo y no le había pedido permiso. Ni una mirada para buscar su aprobación le había dado. No se la negaría, él estaba mostrando su faceta de seductor, una que ella no conocía y le ponía el vello de punta. A veces, Olivia, dudaba de cuánto le gustaba su novio, y otras, como esa, estaba segura que se enamoraría de él. Le atraían los hombres rudos, pero si no la dejaban hacer lo que ella quería dejaban de atraerle. Sí, era contradictoria. Por eso, cuando Omar actuaba como le gustaba lo respetaba y si no, le aburría.

Sol tomó la camiseta de Omar, había caído bajo la mesa, la olió cerrando los ojos y sonrió como una tonta.

«¿Qué estarán haciendo?», se preguntó. No quería imaginar que se estaban desnudando para hacer lo que ella había estado a punto de… «No, seguro que no», dijo en voz alta y metió la camiseta en el lavarropas. Sabía mentir, no era como Olivia, atolondrada.

Se tocó la boca mientras sonreía y maldijo en silencio. Hacía más de dos años que no le gustaba un chico como para tener algo en serio y ¿tenía que ser justo su cuñado? Hacía meses que no se metía en la cama con nadie y a pesar de tener amigas alocadas, ella era prudente en ese sentido. Elegía bien con quién hacerlo. Ya había pasado por su momento de promiscuidad, como ella le decía a los meses posteriores a su ruptura con su ex. Besando a uno y a otro, emborrachándose para poder dejarse manosear el trasero y los pechos mientras se comía a besos con un desconocido. Eso no le gustaba. Era más de tener un novio y dejarse querer. Ya tenía dieciocho años y creía que era la edad adecuada para sentar cabeza. Volvió a tocarse los labios y cerró los ojos. No podría hacerlo con Omar, por mucho que le gustara, se tragó el nudo que tenía en la garganta e intentó concentrarse en sus libros.

Omara desabotonó el pantalón ajustado de su novia y tironeó de él descubriendo un tanga azul, transparente y mínimo. Rugió como un león al verlo y, al acariciar las piernas para llegar a él, recordó el suave encaje rosado que, Sol, llevaba debajo de su vestido. Negó con la cabeza. Mordió el trozo de piel que se encontraba cerca de su boca, daba igual que fuera un brazo o una pierna.

Olivia se quejó. Le había dolido.

Omar enfureció. Se giró sobre el colchón y se sentó en un lateral de la cama. No podía. No debía, No era justo.

―¿Qué pasa, chanchito? ―preguntó Olivia, así le decía ella. El mote había salido un día en el que él se había devorado una hamburguesa doble en dos minutos y ella le había tildado de chancho.

―Nada, princesa, nada. Mejor vamos al parque ―murmuró. Estaba muy enojado consigo mismo, la culpa lo carcomía por dentro y las ganas de hacer el amor con Sol lo tenían ideando la forma de escapar de Olivia.

«Un puto desastre. ¡Un puto desastre!», gritó su inconsciente.

Olivia no era una chica que aceptara bien las negativas, tampoco los rechazos. No sería esta la excepción, Si había comenzado esperaba que terminaran. Prefería que se apurara con este teatrito porque su madre no tardaba en llegar.

―Chanchito, me tienes esperando ―dijo en un susurro sensual, y Omar la miró por sobre el hombro. Sin darse cuenta estaba sonriendo.

¡Era una divina!, su humor tenía altibajos, sin embargo y por lo general, era muy divertida. Lo hacía reír con sus locuras. Ella le pasó los pies descalzos por la espalda y tiró un beso al aire.

―Eres terrible ―dijo él tendiéndose sobre ella y haciéndole cosquillas. Sabía que a su novia no se lo podía negar nada porque se ponía gruñona. La prefería contenta y juguetona―. ¡No me muerdas!

―Tú lo hiciste ―dijo ella y él sonrió.

―Ahora no te quejes ―murmuró sobre los labios de ella y, dejándose vencer por las ganas de satisfacer su necesidad, comenzó con los preliminares que le gustaban.

Pequeños mordiscos recorrieron el cuerpo de Olivia haciéndola estremecer. En un segundo le quitó la mínima camiseta que llevaba y ya estaba desprendiendo el sostén cuando sintió la mano de ella entre sus ropas.

Era la primera vez que lo tocaba sin el pantalón de por medio o un traje de baño o cualquier prenda. Bufó ante la sensación electrificante que lo tomó por sorpresa y cerró los ojos murmurando algo que no pasó por el filtro de sus pensamientos.

La bofetada fue sonora y dolorosa. Olivia se la había dado sin dudarlo ni un segundo.

―Pero… ¿qué? ¿Estás loca? ―preguntó poniéndose de pie, y alejándose todo lo que podía. Ya no había ganas ni necesidad, tampoco erección que acariciar.

―Me dijiste Sol, idiota.

 

Autora: Ivonne Vivier

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