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Se avecinan problemas (Capítulo 4)

Capítulo 4:

Omar creía que todo se pagaba en la vida y con el acto fallido que había salido por su boca, lo estaba confirmando. ¡Demonios!

―No. No es así… Lo que quise decir es que Sol nos podría escuchar y que no me gustaría. No me diste tiempo a terminar la frase, princesa ―dijo, sin tener la valentía de mirarla a los ojos, por miedo a que en ellos vea la gran mentira que estaba diciendo.

Se puso la camiseta de Sol, esa con la publicidad de un gimnasio, y se abotonó el pantalón. Veía a Olivia trajinar con su jean, era lógico que le costase ponérselo por lo ajustado que los usaba. Estaba enojada, podía adivinarlo por los enérgicos movimientos que hacía. Omar no se animaba a preguntarle nada, no quería tener una discusión todavía y tampoco se le antojaba hablar sobre su caos mental. Debía aclararse primero, antes de hacer o decir nada de lo que pudiera arrepentirse.

Sus sentimientos eran puro desorden y actuaban en su cuerpo con desconcierto, sin una lógica comprensible. Al menos, él no comprendía como en el transcurso de una hora, más o menos, había estado a punto de acostarse con dos mujeres; hermanas, no, hermanas no, gemelas era una palabra más contundente, y eso que no estaba agregando el detalle de que una era su novia y la otra su cuñada. Negó con la cabeza, estaba preso del pánico que le daba tener que analizar un poco eso que le pasaba. Sí, eso, porque ¿qué otra cosa podía decir?

No era amor todavía lo de ninguna de las dos. ¿Estaba embelesado por una y le gustaba la otra? No, embelesado era poco, Sol le daba ese escalofrío que le avivaba los sentidos de una manera diferente y le robaba sonrisas al recordarla; solo el escuchar su nombre le producía deseos de verla, besarla, tocarla y no quería pensar en más cosas porque se le ponía duro su compañero dentro del bóxer. Todo eso que creyó que Olivia, con su trasero respingón y el ombligo al aire le producía, se agrandaba y se multiplicaba millones de veces, al pensar en un simpático hoyuelo, un cuello largo y unas piernas flacas que se dejaban admirar por debajo de un vestido bonito.

SI algunos de sus amigos le preguntaran qué ropa interior de mujer lo ponía más cachondo, diría la atrevida y sexy, con transparencias mejor…, sin embargo, esa prenda femenina, rosada y suave al tacto que había visto en Sol, podía con su libido y despertaba la pasión verdadera, la que no se inventa, la instintiva.

Cerró los ojos con una angustia que pocas veces había sentido, estaba en problemas.

Olivia bufó, quería que Omar se enterara que estaba haciéndolo. No soportaba el silencio de él. Volvió a mirarle la entrepierna. Muerta, así estaba. ¿Qué había pasado? Ok, le había dado una bofetada, bien, eso podría reducir el tamaño, las ganas y por un instante producir enojo. Pero lo había aclarado y si hubiese querido podrían haber seguido con lo que estaban haciendo. ¡Iban tan bien!

La excusa de Sol no le había alcanzado, ¿qué le importaba a Omar si ella los escuchaba? ¡Su hermana no era virgen, por Dios! Odió volver a ver al Omar de siempre, serio y de apariencia distraída o lejana, incluso tímido por momentos. Le había gustado ese león enjaulado que tenía dentro. A su cuerpo le había encantado, y pobre, se había quedado con las ganas de gozar un rato, pensó casi de forma cómica y se acarició la cadera frente al espejo. Le encantaba mirarse, se gustaba.

Lástima que Omar no estaba haciendo lo mismo. Él ya estaba caminando hacia la salida de su dormitorio.

―Vamos al parque que los chicos ya están allí ―susurró a lo lejos y dándole la espalda.

Olivia no entendía lo que había pasado. ¿Se habría enojado por la bofetada? ¿Debería disculparse? Bueno, ya vería si era del todo necesario. Dejaría pasar el rato para ver si mejoraba su humor.

―Hola, chicas ―dijo su madre al entrar por la puerta, y se escuchó el tintineo de las llaves.

La oyó saludar a Omar y a Sol y, después de atarse las zapatillas, corrió para hacer lo mismo.

―¿Se van?

―Sí, mami, al parque con los chicos. ¿Vienes, Sol?

Omar que no se había animado a mirar a su cuñada, por cobarde, no tenía excusas; clavó los ojos en ella cuando la vio levantar la cabeza. O estaba muy concentrada en los libros o disimulaba muy bien, pensó. No le devolvió la mirada a él, le respondió negando con la cabeza a su hermana y otra vez se metió en su cueva de estudio. ¿¡Y el cobarde era él!? No, no, ella también. Pero la entendía.

―Bien, no lleguen tarde para la cena ―dijo su suegra, y la vieron alejarse rumbo a su dormitorio, seguramente para su rutina diaria de ducha y descanso previos a cocinar.

―Nos vamos, Sol ―dijo Olivia, como si nada hubiese pasado y eso a Omar le parecía tan falso que apenas si podía soportarlo. Aun así, lo haría, no estaba en condiciones para entablar ninguna conversación.

Sol levantó la vista para poder ver Omar, no quería volver a dejarse llevar por las lágrimas. Con unas cuantas, secadas con el dorso de la mano, había sido suficiente. Ella era mayorcita y sabía lo que hacía…, bueno, no; pero sí, podía asegurar, que estaba mal querer a su cuñado y sabía que las consecuencias serían esas: verlo con su hermana; su novia, para más detalles.

Sonrió a verlo con su camiseta de dormir, le quedaba algo ajustada, eso le daba un toque sexy. Cerró los ojos para culparse en silencio otra vez. Lo vio acomodarse el cabello con ambas manos, le encantaba ese gesto y también la media sonrisa que le daba aspecto de niño travieso, nunca le había dedicado una, todas habían sido para Olivia, pero ella las había visto igual y le parecían preciosas. Le mordería la comisura de los labios cuando las hacía… Suspiró extasiada con la cantidad de cosas que le provocaba ese muchacho. Todavía podía sentir el calor del abrazo que le había dado mientras ella temblaba recomponiéndose del éxtasis al que la había llevado con sus dedos. Ese abrazo había sido precioso, como los susurros en su oído o las caricias firmes sobre sus pechos. Y esa frase donde le había dicho que era bonita, justo cuando estaba por… «Todos los chicos la dicen justo en ese momento», se convenció. Y entonces recordó la forma en que la miraba y cómo los ojos viajaban por todo su rostro, brillando y seduciéndola, también asegurándole que no mentía, que de verdad le gustaba. Una irónica sonrisa se dibujó en su rostro, era tan estúpida que hasta se creía las fantasías que su cabecita creaba. Todo eso era obra de Omar, no, mejor dicho, de lo que sentía por él.

No lo culpaba de todo. Ambos habían sido responsables de caer en la tentación.

―¡Sol! ―gritó su hermana, y ella enfocó la vista que se le había perdido en un punto invisible mientras pensaba.

―¡No me grites!

Omar la miró con preocupación, daría lo que no tenía para saber lo que pasaba por su mente. Quería contarle que le pasaba lo mismo. Decirle que la pensaba día y noche y que la culpa lo mataba, sin embargo, no podía evitar sentirse atraído por su dulzura, por su hermosura, por el recuerdo de todas esas sanciones que había tenido con el beso robado por error. Y ahora sumaba recuerdos mejores, más sensuales, aunque con una carga de ternura que solo ella podía agregar.

―¿Estás bien? ―le preguntó sin poder frenar las palabras, y sus ojos se perdieron en los de ella. Pudo ver el asombro en ellos al descubrir ¿qué? y al ver la mano elevarse, solo… cerró los ojos esperando el escalofrío que ese inminente roce le causaría.

Sol no podía creer lo que veía, la mejilla de Omar estaba roja, se notaban un par de dedos marcados y un rasguño. Eso era obra de Olivia, no cabía ninguna duda.

Su palma abierta viajó por instinto a la piel rosada y la acarició con suavidad, lo sintió temblar y sonrió esperanzada porque fuera por el mismo motivo que lo hacía ella.

―¡¿Te pego?! ¿Le contaste? ―preguntó sin pensar.

―Sol… ―susurró Omar, quiso advertirle que Olivia estaba mirando.

―¿Qué me tiene que contar? ―preguntó Olivia. Estaba muy furiosa al ver la intimidad con la que su hermana acariciaba a su novio.

Autora: Ivonne Vivier

 

 

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