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La Caja

El intenso frío le cortaba la cara y le dificultaba la respiración. Llevaba media hora allí plantada, como si fuese uno más de aquellos enormes árboles que rodeaban la casa y cuyas hojas cubrían el suelo convirtiéndolo en una alfombra multicolor.

Sus ojos estaban fijos en el enorme inmueble que se alzaba ante ella, una casa de dos plantas en la que había pasado una infancia dura y solitaria. A simple vista no había cambiado nada, el tiempo había sido muy benévolo con aquel edificio mal llamado hogar. La puerta de la entrada gozaba de la misma pintura roja brillante que recordaba, con su tirador y llamador dorados. Las cuatro ventanas de las dos plantas permanecían perfectamente cerradas como la última vez que las vio. Las paredes de ladrillo visto conservaban el intenso color arcilla de antaño. En realidad, si no fuera por el abandono del jardín nadie diría que aquella enorme mansión estaba deshabitada.

Carolina se acercó a la puerta por fin, y sacó la llave del bolsillo derecho de su abrigo a juego con la puerta y la introdujo en la cerradura. Tres vueltas completas y la puerta cedió, ella suspiró y la empujó.

Se encontró frente a un enorme recibidor con escasos muebles que estaban cubiertos por enormes sábanas blancas. El polvo y la oscuridad eran dos elementos más que se unían a la escasa decoración de la estancia. Avanzó un par de pasos y sus tacones se hundieron en la alfombra descolorida que su abuela le había regalado a su madre tiempo atrás. Sintió un escalofrío, alzó la mirada hacia el frente, al lugar donde una majestuosa escalera parecía haber resistido el paso del tiempo. Sus escaleras de mármol blanco se veían majestuosas aún cubiertas de telarañas y la barandilla caoba, aún deslucida por la escasa iluminación, recordaba el esplendor de otros años. ¡La de veces que había bajado y subido corriendo aquella estructura! Una leve sonrisa se dibujó en su rostro. Fue directa a la escalera y subió a la planta de arriba peldaño a peldaño, escuchando sus pasos al avanzar. Cruzó un estrecho pasillo de puertas cerradas y se detuvo en la última que había a su derecha: el cuarto de su madre. Al contrario que las anteriores estaba entreabierta, pues la madera se había hinchado y no encajaba en el marco.

Debía darse prisa, había perdido demasiado tiempo plantada en el jardín, estaba oscureciendo y la casa no contaba con luz eléctrica. Aquel cuarto era el más amplio de la casa, una enorme cama con dosel lo presidía, a su derecha la mesita de noche con un polvoriento ejemplar de Crimen y castigo, el libro favorito de su progenitora, junto a este la lamparita estilo Tiffany  y el reloj despertador cuyas agujas se congelaron a las diez y veinte.

Desesperada, hizo un rápido por el recorrido a la habitación, buscando la cómoda de seis cajones sobre la que debía estar el objeto que la había llevado hasta allí veinte años después. Repasó cada esquina, el viejo sillón forrado en raso seguía junto a una de las dos ventanas, pero ya no tenía el esplendor que recordaba, el sol se había comido el color gracias a la ausencia de cortinas y resultaba áspero al tacto. Se sacudió la mano en el abrigo para quitarse el polvo y reparó en la estufa blanca, ahora grisácea, en la que su madre solía calentar la ropa de dormir antes de meterse en la cama. El enorme armario que se sostenía sobre cuatro patas de madera astilladas estaba allí junto a la entrada, con las puertas abiertas, algunos cajones sueltos y el espejo lleno de manchas.

Carolina contempló su reflejo. Alta, delgada, su pelo rubio y liso caía sobre el hombro derecho recogido en una coleta dándole un aspecto muy juvenil. Reparó entonces en que no se había quitado el abrigo, pero como todo estaba lleno de polvo decidió dejárselo puesto. Miró su rostro, sus ojos azules tenían una expresión triste, sus mejillas pálidas eran un reflejo del cansancio del día y de lo que sentía estando allí.

En la otra pared del cuarto, junto al armario, estaba la mesita de sobremesa con el jarrón de flores secas cuyo aspecto no era tan bonito como cuando fueron compradas. Y allí estaba la caja. El estómago le dio un vuelco, las piernas le temblaron, cerró con fuerza los puños de las manos clavándose las uñas sin apenas notarlo.

Resultaba increíble que aquella caja de color metálico resaltara sobre los demás objetos de la habitación. Se acercó a ella y contempló un tanto asombrada que parecía estar como nueva, tenía forma de baúl pequeño con grabados en color plata por toda su superficie y rematada con una cerradura en forma de corazón. Pero lo más inquietante de todo era que no tenía polvo, parecía haber sido colocada allí hacía muy poco tiempo. No recordaba demasiado acerca de ella, pues solo la había visto cuando su padre se la regaló a su madre y esta tras poner mala cara, la escondió en el fondo del armario y no la volvió a sacar nunca más.

La tomó entre sus manos, en seguida sintió un fuerte dolor en el pecho, le faltaba el aire de nuevo y le temblaban las rodillas. Dejó la caja en su sitio, un espacio cuadrado limpio de polvo en una mesa cubierta por él.

Se dirigió corriendo a una de las ventanas con la intención de abrirla, pero la manivela se resistía, el corazón le latía deprisa y por más que manipulaba la ventana esta no cedía. Cada vez estaba más desesperada, pensó en golpear el cristal o en salir de allí corriendo, pero dudaba que pudiese llegar a la escalera. Forcejeó y ¡por fin! la ventana se abrió y la brisa acarició su rostro, sus mejillas volvieron a adquirir una tonalidad rosa y su corazón deceleró el ritmo al tiempo que sus pulmones parecían responder de nuevo.

 «Maldita seas» pensó lanzando una mirada mortífera a la caja.

Cuando hubo recobrado la compostura se acercó a ella y la abrió, su sorpresa fue mayúscula. No había nada en aquel pequeño espacio forrado de terciopelo negro que olía a lavanda.

«No puede ser»

Comenzó a agitarla con fuerza, intensificando el olor a lavanda que desprendía. Escuchó un pequeño ruido en el fondo de caja y, ni corta ni perezosa, levantó el fondo para descubrir un documento muy bien doblado, una carta en realidad, con un sello de cera lacrado.

El escudo de la familia.

Abrió aquel sobre sin destinatario y comenzó a leer. El papel, al igual que la fachada de la casa, había resistido bien el paso del tiempo. Fechado cuando ella era una niña contenía unas palabras que nunca debían haber sido leídas. Los párpados le pesaban, la piel de las manos le picaba con fuerza, la respiración se entrecortaba y apenas había terminado de leer aquella maldita frase cuando cayó desplomada en el suelo.

La brisa se había transformado en viento y golpeaba la hoja de la ventana con fuerza, la habitación se llenó de hojarasca, pero Carolina permanecía inmóvil.

El aroma a lavanda tardó un tiempo en desaparecer, pero no la sonrisa de la mujer inmortalizada en un pequeño retrato en la repisa de la chimenea. Lo había vuelto a hacer. Y así sería durante todos los años venideros.

Las palabras impregnadas de veneno se esfumaron por la chimenea y, una semana después, la caja desapareció de aquella estancia para ocupar su lugar en un nuevo hogar.

Autora: Marian Rivas 

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