Gestión emocional

De la envidia y otras cuestiones

Es un hecho comprobado de que la amistad entre hombres y mujeres es muy distinta  entre sí. Los hombres: o son amigos, o no lo son. En cambio, las mujeres, tenemos todo un abanico de posibilidades, donde la hostilidad se disimula o se camufla.

¿Os habéis fijado que cuando dos mujeres se encuentran, después de un tiempo, siempre hay afirmaciones ambiguas o contradictorias? “Estás guapísima, de verdad, aunque creo que el flequillo te quedaba mejor”… O “Ya veo que eres una super mami, pero imagino que debe ser agotador porque se te ve muy cansada”. Así que yo no sé cuando me dicen una cosa buena o mala, de verdad o por cumplir. En la amistad entre mujeres está normalizado encontrar competencia y, sobretodo, envidia.

¿Sabemos realmente lo que significa?

La envidia no es únicamente sentir aflicción por cosas que no tenemos, pueden ser un objeto, un estado físico, o incluso una actitud frente a según qué situaciones. Muchas veces también se envidia a alguien que no tiene nada o menos que nosotros. La envidia funciona en la lógica de desear la satisfacción que otra persona experimenta.

Vamos a poner un ejemplo muy simple, una chica con un cuerpo curvy que siempre está feliz, pues ha aprendido a amar su cuerpo y a afrontar la vida con una actitud positiva y segura de si misma. Puede crear envidia a otra que tiene un físico más delgado o atractivo a ojos de la sociedad. No significa que esta última quiera un cuerpo más grande o diferente al suyo, sencillamente quiere experimentar la seguridad y satisfacción que tiene la primera chica.

Por eso la envidia, normalmente, consiste en fastidiar y atacar la satisfacción del otro. En este caso, a otra. El que experimenta la envidia no soporta ver que el otro está bien, feliz, contento, conforme. Por eso cuestiona su satisfacción y trata de entender los motivos por los que no debe sentirse bien. Incluso va más allá: siente ira y hasta odio por quien se siente feliz.

Pero ¿cómo o de dónde surge este sentimiento?  Indudablemente, la envidia surge cuando hay un sentimiento de incompetencia personal y se alimenta, sorprendentemente, en el egocentrismo. En el caso de las mujeres, la envidia viene a ser otro de esos lastres culturales, fruto de siglos y siglos compitiendo las unas contra las otras y luchando por destacar.

Nuestra forma de sentir envidia

La primera regla que seguimos es envidiar a aquellos que vemos por igual, es decir, no tenemos la capacidad de envidiar a personajes populares cómo Isabel Allende o a K.J Rolling, digamos que esas mujeres salen de nuestro plano y, por lo tanto, lo más seguro es desarrollar admiración, que viene a ser “envidia de la buena”.

Por lo tanto, dirigimos nuestra envidia hacia mujeres cercanas, hermanas, primas, amigas, compañeras de trabajo, etc…. Pero esta envidia, la mayor parte de las veces, se expresa en forma de “crítica amigable” para que otros no te juzguen. “Uy, que novio tan guapo tiene Carmen, y mira que ella es bastante normalita (o sea, fea)… vaya suerte tienen algunas”.

Por eso, los vínculos entre mujeres siempre fluctúan entre el miedo al rechazo entre nosotras y la hermandad más fuerte. Siempre van juntas, pero se destruirían si tuvieran la oportunidad. Son incluso feministas y utilizan esa condición para odiar y envidiar a las “iguales” que tienen opiniones diferentes.

Por eso, cuando un grupo de mujeres se unen, tienden a criticar aquello que otras personas tienen y de las que ellas carecen. Más allá de la envidia, también hay una profunda admiración, tanta que se ven incapaces de superar sus límites para transformarse en aquello que están obligadas a odiar por su propia insatisfacción.

Y digo yo ¿no es más fácil auto-educarnos y aprender a admirar y a tomar como modelos a aquellas mujeres que nos fascinan?

Jamás nos demos por vencidas, eso de “girls support girls” nos hará llegar lejos si cambiamos de actitud, así que seamos el cambio que nuestras hijas merecen para que aprendan a ver a sus amigas como verdaderas compañeras de fatigas, cómplices y  hasta hermanas.

Luzía M.

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